Los Andes - La Rinconada
Las hojas de coca, los caramelos. Puno. Visita al mercado por las provisiones para el viaje. Lago Titicaca con una grande cagada blanca cerca de la orilla − un enorme complejo turístico. Mucho gringo en las calles. Refresca bastante al atardecer. La altura se deja notar. Salimos mañana temprano. ¿Dirección? Opuesta a las recomendadas para cruzar la frontera con Bolivia. ¿Destino? Ya veremos.
Ahora ya en Juliaca antes de salir hacia La Rinconada estamos haciendo amigos buscando un lugar para comer.
Y para el camino - frutas.
Salimos a mediodía. La única opción factible es la movilidad a La Rinconada. Queremos llegar a las proximidades del Lago Suches y aquel nombre de la mina de oro nos suena. Nos enteramos que también es del pueblo. Es extraño comprobar lo ridículo de nuestra noción del tiempo. Las circunstancias inmunizan ante la impaciencia.
El carro se llena. Vamos dormitando. El polvo poco a poco imprime la estampa del sueño. A través de la ventana transcurre la inmovilidad del altiplano. Solo irrumpe el colorido de los vestidos. Y ya con la última luz del día la gran barrera blanca de los picos nevados. Y subiendo, subiendo. Quedamos unos pocos en el autobús. La mayoría salió en Ananea − una población que vive de la mina y para la mina. Allí se trabaja 24 horas. Luces a lo lejos. Allá se acaba el día.
La Rinconada. A pesar de la oscuridad y el frío el pueblo era un hormiguero. Las calles repletas de toda clase de mercancías. Barro removido con los desechos del mercado en el centro. El omnipresente letrero de compra y venta del oro. Los humeantes puestos de comida. Las escaleras de caracol que llevan a las altas entradas de las casas. Una especie de hervor, de intensidad. Enseguida estás dentro de las relaciones con la gente. Sorprende la facilidad, la naturalidad. Pero no es Alaska y no es la fiebre del oro.
Subir unos escalones de piedra − toda una eternidad. ¿Será el cansancio del viaje? La noche no trajo el respiro. Al día siguiente supimos el motivo; estamos a unos 5200 metros. Era el segundo día del viaje. Coca y caramelos.
La mañana muy fría. Se helaron las tuberías que llevan el agua al pueblo. Es difícil despertar si uno no ha dormido. Todo lo que no era respirar parecía irrelevante.
A pesar de todo nos obligamos a desayunar. Las calles están cogiendo su ritmo. Se ven pocos niños. Luego nos enteramos que casi dos tercios de las familias tiene a sus hijos e hijas menores de edad trabajando en la explotación minera.
Suches, Sina o lo que sea para continuar. Para Suches el carro salió ayer y el siguiente dentro de una semana. Pero sin que sean necesarios los servicios formalizados y gracias a que no los hay, uno encuentra soluciones a los imprevistos. Un recuerdo inolvidable de Víctor − único; redactor, comentarista y hacelotodo de la emisora de Radio Latina. La más escuchada en el pueblo; en un cuarto de hora se presentó el candidato para llevarnos hacia la frontera. Mientras tanto compartíamos el espacio con el alcalde haciendo el resumen de las aportaciones a las fiestas locales. Discurso con mucho estilo propio. Damos el visto bueno a la furgoneta y muchas gracias a través de las ondas. Los que nos conocieron apenas una noche antes ahora nos lanzan una difícil pregunta ¿cuando volveréis? No sabemos.



