Parque Nacional Masoala

Bajando el río

La experiencia, que en ciertos momentos incluso se ha ganado la calificación de savage, resulta increíblemente cómoda. Tenemos reservados los mejores entornos de pernoctar bajo los techos de innumerables estrellas, las llegadas coinciden con los fogones a pleno rendimiento, los baños son inmensos e invitan a zambullirse en las aguas burbujeantes rodeados de los tapices de la verdosidad impenetrable. Las luces que deslumbran con sus opacidades profundas y resurgimientos lunares sin parangón. Las resonancias de las vidas nocturnas, boscosas, tantas y enigmáticas. Cierto es que el trayecto entre Maroantsetra y Cap Est está trinchado por la multitud de surcos de agua y los ríos, que suman más que cincuenta, y tantas veces la suerte de salvarlos, a menudo bañando el culo. Tampoco fácilmente olvidable resulta la jornada de la travesía del bosque lluvioso caracterizada por la convivencia con unos bichos negros, habitantes de aquel entorno, las sanguijuelas, asquerosas chupasangre que nos enseñaron con una perseverancia sin par que no somos más que un trozo de alimento. Pequeñas e imperceptibles en el primer momento de la adhesión, enseguida volviéndose como un balón del fútbol americano en miniatura exhibiendo las tonalidades púrpura a través de su piel traslúcida. Ni las mangas largas, ni los pantalones. Lo mejor la piel desnuda para una detección precoz y acción inmediata de expulsión.

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